
A 17 años del tornado de Tobuna, Luisa Maciel recordó el dolor, el rescate y las historias que la marcaron para siempre
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A 17 años del tornado que azotó la zona de Tobuna y dejó una profunda herida en la comunidad, Luisa Maciel volvió a compartir en Multimedios Génesis su estremecedor testimonio sobre aquella jornada del 7 de septiembre de 2009, que cambió para siempre su vida.
En aquel momento, Luisa formaba parte de la comunidad de hermanas vicentinas y desarrollaba su tarea en Tobuna, donde estaba al frente de una residencia juvenil para varones y mujeres y participaba del proyecto de creación de una escuela secundaria para la zona.
El día comenzó con una situación completamente diferente. Luisa se encontraba conteniendo a un adolescente que atravesaba una crisis. Después, ante el intenso calor y el cambio repentino de las condiciones climáticas, tuvo que trasladar de urgencia a una joven que padecía asma.
“Yo prácticamente no sabía qué estaba ocurriendo”, recordó. Mientras avanzaba en camioneta por los caminos de tierra, los árboles caían detrás de ellos y el viento impedía prácticamente ver el camino. En medio de esa situación, intercambió el volante con el joven que la acompañaba, quien conocía la zona.
Lograron llegar hasta Cruce Caballero y posteriormente al Hospital de San Pedro. Fue allí donde Luisa comenzó a comprender la verdadera magnitud de lo que había sucedido.
“Era como parte de mi familia”
Al llegar al hospital se encontró con una escena que jamás pudo olvidar. Entre los heridos y las víctimas había personas que conocía profundamente, familias a las que había acompañado y vecinos con quienes había compartido durante años.
“Era como la confesora del pueblo”, explicó, al recordar el vínculo que había construido con personas de distintas familias y religiones, ya que la comunidad donde trabajaba brindaba un acompañamiento integral a la población.
La docente relató que tuvo que enfrentarse a imágenes extremadamente dolorosas: personas gravemente heridas, niños y adolescentes afectados y familias desesperadas buscando información sobre sus seres queridos.
Su tarea se transformó entonces en contener, acompañar y ayudar a organizar la atención de las víctimas. Colaboró con el personal de salud, atendió teléfonos y ayudó a identificar a qué hospitales habían sido derivados los heridos.
“Ese fue mi trabajo en ese momento: contener a las familias que estaban ahí y ayudar en lo que podía”, recordó.
Aquella experiencia dejó una profunda huella. Luisa contó que durante meses tuvo dificultades incluso para soportar determinados olores e imágenes relacionadas con lo que había presenciado.
Un largo camino para sanar
La recuperación emocional tampoco fue inmediata. Luisa recibió durante tres años acompañamiento psicológico y espiritual, con visitas periódicas de una profesional de la psicología y un sacerdote.
También decidió alejarse de aquel ámbito de trabajo porque las consecuencias emocionales del desastre continuaban presentes en la comunidad.
“Fue un proceso lento”, reconoció.
Con el tiempo, pudo comenzar a mirar aquella experiencia desde otra perspectiva. El contacto con antiguos alumnos que lograron convertirse en profesionales y construir sus propias vidas se transformó en una de las mayores fuentes de satisfacción para ella.
Recordó especialmente a jóvenes que hoy son médicos, ingenieros y docentes y que, pese a haber atravesado aquella tragedia, pudieron reconstruirse y transformar su dolor en una herramienta para ayudar a los demás.
“Eso me llena de gozo, como decir: misión cumplida”, expresó.
Una enseñanza que permanece
Actualmente, Luisa continúa vinculada a la educación y desarrolla su tarea docente en las escuelas 880 del km 1 y 381 del km 4, en Eldorado.
A sus 53 años, asegura que aquella tragedia la hizo mirar la vida de otra manera.
“Fue un momento muy trágico en mi vida que me hizo más humana”, reflexionó.
Para Luisa, el tornado dejó una enseñanza que trasciende aquella fecha: muchas veces las personas se preocupan por problemas cotidianos sin advertir el valor de las pequeñas cosas que tienen delante.
“Tenemos salud, tenemos educación, podemos interactuar con los demás, comunicarnos, respirar. Hay muchas cosas”, señaló.
Desde su lugar como educadora, sostiene que también existe una tarea silenciosa pero fundamental: ayudar a los niños y jóvenes a construir otra mirada sobre la vida.
“Lo que uno siembra de niño se lleva toda la vida”, afirmó.
A 17 años de aquella jornada que dejó una marca imborrable en Tobuna y en toda la región, el testimonio de Luisa Maciel vuelve a poner en palabras no solamente el horror de una tragedia, sino también la capacidad humana de acompañar, sanar y transformar el dolor en esperanza.
Su mensaje, lejos de quedar atrapado en aquel 7 de septiembre de 2009, permanece vigente: valorar el presente, cuidar al otro y aprender a disfrutar de la vida antes de que una tragedia nos obligue a descubrir su verdadero valor.