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Escuchar a todos, cuidar a la gente: otra manera de ejercer el poder

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Escuchar a todos, cuidar a la gente: otra manera de ejercer el poder

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Hay una diferencia importante entre tener el poder y la manera de ejercerlo. Durante muchos años, la política misionera funcionó bajo una lógica bastante vertical: las decisiones se tomaban arriba, las instrucciones bajaban y el resto debía acompañar. Hugo Passalacqua parece estar construyendo otro esquema, más abierto, donde escuchar, compartir decisiones y reconocer a los demás empieza a ocupar el lugar que antes tenía la obediencia.

No significa que haya desaparecido la autoridad del gobernador ni que todos tengan el mismo peso a la hora de decidir. La responsabilidad de gobernar sigue siendo suya. Pero hay una diferencia entre ejercer esa autoridad imponiendo y hacerlo después de escuchar. Entre rodearse de quienes siempre dicen que sí y aceptar que otros pueden tener una mirada distinta, incluso una crítica, que merece ser considerada.

La horizontalidad en política no consiste en que todos manden. Consiste en entender que nadie tiene todas las respuestas.

Y esa parece ser una de las características que Passalacqua está intentando imprimirle a esta etapa.

Pero detrás de esa manera de ejercer el poder aparece una cuestión todavía más importante, que merece ser analizada desde otro lugar: la decisión de cuidar a la gente, de no agregarle más problemas a los que ya tiene y de no trasladarle las tensiones de la política a una sociedad suficientemente castigada por la economía. Además: rescatar el valor de la cercanía, del contacto social, del afecto, para vencer al algoritmo del odio y del individualismo que instalan otros modelos.Puede parecer una aspiración elemental. Sin embargo, no siempre es una prioridad para quienes ocupan posiciones de poder.

La política tiene sus urgencias, sus internas, sus ambiciones y sus propios tiempos. La sociedad tiene otros. Y no necesariamente coinciden.

Mientras algunos dirigentes ya piensan en las candidaturas de 2027, en los acuerdos que podrían cerrar, en los adversarios que necesitan enfrentar o en las estructuras que pretenden construir, buena parte de los misioneros está preocupada por cuestiones bastante más inmediatas.

Levantarse temprano, ir al trabajo, llevar a los chicos a la escuela, conseguir que alcance la plata para el supermercado, pagar las cuotas, mantener abierto un comercio, sostener una chacra o encontrar un empleo. Y, cuando se puede, compartir un asado con la familia, descansar un domingo o disfrutar de alguna de esas pequeñas cosas que hacen llevadera la vida.

La vida cotidiana transcurre con un ritmo distinto al vértigo de la política. Y bastante tiene la gente con sus propias preocupaciones como para que, además, deba soportar las peleas, los pases de factura y las disputas anticipadas por el poder.

Passalacqua parece haber entendido esa diferencia. Y está tomando una decisión política que tiene también un enorme valor social: no convertir a Misiones en un escenario de tensión electoral permanente cuando todavía falta mucho para las elecciones.

No se trata de desconocer que existen diferencias, ambiciones o proyectos políticos legítimos. Ni de impedir que otros dirigentes hagan su propio camino. Se trata de no colocar esas disputas en el centro de la agenda provincial, como si fueran más importantes que los problemas de quienes viven y trabajan en Misiones.

El gobernador tiene la posibilidad de involucrarse en esas discusiones, responder cada movimiento y alimentar las tensiones. Por ahora, parece preferir otra cosa: concentrarse en gobernar.

Y eso también es una forma de cuidar.

La política puede esperar, los problemas de la gente no

Hay un dato que no debería perderse de vista. La sociedad argentina atraviesa un período de fuerte desgaste económico y emocional. La preocupación por el trabajo, los ingresos, el endeudamiento familiar y el futuro genera una presión que se acumula en los hogares.

El propio Passalacqua habló esta semana de ese estrés social durante una reunión con representantes de una veintena de sindicatos. Expresó su preocupación por la caída del empleo, las dificultades económicas y el deterioro del tejido social, incluso por el aumento de situaciones de violencia doméstica.

No fue una reunión más de su agenda.

Allí reivindicó una idea que contrasta con el pensamiento del Gobierno nacional: la justicia social no es una aberración ni un obstáculo para el progreso, sino una condición necesaria para que exista comunidad.

Y dijo algo que permite entender buena parte de su posicionamiento: “Hoy nos estamos jugando la vida como sociedad, no solamente como sindicatos, sino como sociedad”.

Ese concepto trasciende una discusión ideológica. Habla de la necesidad de evitar que las dificultades económicas terminen rompiendo los vínculos entre las personas.

Porque una sociedad no se sostiene solamente con indicadores fiscales. También necesita trabajo, oportunidades, solidaridad, cierta tranquilidad y la posibilidad de proyectar un futuro.

En esa preocupación aparece una diferencia de prioridades. Mientras el Gobierno nacional coloca el equilibrio de las cuentas públicas en el centro de su discurso, Passalacqua intenta sostener una mirada donde las cuentas importan, pero también importa lo que sucede con las personas cuando la economía no les alcanza.

No son cuestiones incompatibles. Un Estado necesita administrar responsablemente sus recursos. El problema aparece cuando los números se convierten en una finalidad en sí misma y la gente queda relegada a un segundo plano.

Y cuidar tampoco significa prometer que el Estado puede solucionar todo. Misiones tiene limitaciones presupuestarias, problemas estructurales y dificultades que ninguna gestión provincial puede corregir por sí sola.

Significa, en cambio, tomar decisiones procurando que las dificultades sean menores y no mayores para quienes ya las están padeciendo.

En ese criterio pueden leerse varias decisiones de la semana.

El Gobierno provincial oficializó una reducción del impuesto sobre los Ingresos Brutos para profesionales matriculados, del 5% al 3,5%. La medida surgió del diálogo con colegios y consejos profesionales, que venían planteando dificultades por la carga tributaria y los sistemas de retenciones.

El dato importante no es solamente la rebaja. Es que hubo un sector que planteó un problema, encontró una mesa de discusión y obtuvo una respuesta. Y que la conversación continuará para revisar otras dificultades.

Cuando el dinero escasea, aliviar una carga impositiva también significa reconocer el esfuerzo de quienes trabajan.

Lo mismo ocurre con otras decisiones que quizá no ocupen grandes titulares, pero tienen consecuencias concretas.

Esta semana se incorporaron ocho ambulancias adquiridas con recursos provinciales, destinadas a hospitales y municipios del interior. La red de traslados pasará de 154 a 162 unidades operativas. En una provincia donde las distancias pueden definir la posibilidad de recibir atención médica a tiempo, fortalecer ese servicio no es un asunto menor.

También se reforzaron los servicios de mamografía en seis hospitales públicos durante octubre, buscando facilitar controles que muchas mujeres postergan por falta de tiempo, recursos o dificultades para acceder a un turno.

En Colonia Aurora avanza una perforación de agua que beneficiará a una escuela y a más de cien familias cuando entre en funcionamiento. En Oberá se construye un puente que reemplazará un precario paso de madera utilizado incluso por estudiantes, y continúa un plan de asfaltado compartido entre Provincia y municipio.

Son intervenciones de distinta magnitud, pero tienen algo en común: nacen de necesidades concretas y apuntan a mejorar la vida cotidiana.

No solucionan todos los problemas de Misiones. Sería exagerado pretenderlo. Pero muestran dónde se están poniendo las prioridades.

Quizás la fotografía política más representativa de esta semana haya sido la reunión de Passalacqua con intendentes de 76 municipios en Ruiz de Montoya.

Allí no se convocó a los jefes comunales simplemente para escuchar un discurso o recibir instrucciones. Se repasaron pedidos, obras realizadas, demandas pendientes y prioridades para los próximos meses.

La reunión tuvo, además, una continuidad con encuentros anteriores y con las visitas regionales de los integrantes del Gabinete provincial.

Eso marca una diferencia de funcionamiento.

Los intendentes son quienes reciben diariamente los reclamos de los vecinos. Saben dónde falta agua, qué camino está destruido, qué escuela tiene dificultades o qué sector productivo necesita asistencia. Escucharlos permite que las decisiones no dependan exclusivamente de lo que se observa desde Posadas.

Y también supone reconocerles un lugar político propio.

El gobernador no parece exigir uniformidad para trabajar con ellos. Lo que busca es articular esfuerzos alrededor de necesidades compartidas.

Algo parecido ocurrió con los representantes sindicales. Los gremios recuperaron un espacio de intercambio directo con el gobernador y algunos de sus dirigentes destacaron precisamente eso: la posibilidad de dejar de ser espectadores para participar de las conversaciones donde se discuten los problemas de los trabajadores.

Naturalmente, escuchar no alcanza si después no aparecen las respuestas. Y allí estará siempre el examen de cualquier apertura política: demostrar que el diálogo produce resultados y no termina convertido en una ceremonia de buenas intenciones.

Pero también es cierto que ningún problema puede encontrar una solución adecuada si primero no se permite que sea planteado.

En Oberá, durante una recorrida con el intendente Pablo Hassan, Passalacqua lo resumió con una frase sencilla: “Solos o separados no se puede”.

La expresión tiene un alcance mayor que el de una obra compartida. Habla de una concepción política donde el mérito no necesita pertenecerle exclusivamente a una persona y donde cooperar puede resultar mucho más útil que competir por cada reconocimiento.

Es una manera de ejercer el poder menos pendiente de la subordinación y más interesada en construir acuerdos.

Ese concepto también permite observar con otra perspectiva los movimientos de Leonardo “Lalo” Stelatto, que busca proyectar su gestión municipal como plataforma para construir un espacio político propio con aspiraciones provinciales.

El intendente tiene derecho a hacerlo. Y también tiene resultados en Posadas que puede mostrar.

Pero sería un error político, además de una ingratitud, presentar esos logros como si fueran exclusivamente personales.

Stelatto tuvo detrás una estructura política, recursos, respaldo institucional, funcionarios y dirigentes que lo acompañaron durante años. Buena parte de las condiciones que permitieron desarrollar su gestión fueron construidas con el aporte de muchas personas y con el acompañamiento del Gobierno provincial.

No todo empezó con Lalo ni todo fue obra de Lalo.

Y allí aparece una contradicción: mientras Passalacqua insiste en compartir esfuerzos y reconocer a quienes participan de los resultados, Stelatto corre el riesgo de encerrarse en una construcción personal que desconozca a quienes lo ayudaron a llegar hasta donde está.

Una cosa es tener aspiraciones propias. Otra bastante distinta es apropiarse de méritos colectivos.

Porque cuando alguien recibe apoyo durante años y después pretende exhibir todo lo conseguido como una hazaña individual, termina, por decirlo de una manera conocida, saludando con sombrero ajeno.

Y en política, como en la vida, reconocer a quienes estuvieron no es una debilidad. Es una cuestión de gratitud.

La preocupación por la gente tiene otra dimensión que excede la atención de las necesidades inmediatas. Es la defensa de los intereses de Misiones frente a decisiones nacionales que pueden comprometer su futuro.

Esta semana volvió a instalarse la discusión sobre la Ley de Tierras Rurales. Passalacqua ya había instruido a la Fiscalía de Estado a promover acciones judiciales contra la derogación de los límites a la compra de tierras por extranjeros. Posteriormente, la Corte Suprema suspendió provisoriamente los efectos de esa derogación en una causa diferente.

No existe todavía una resolución definitiva sobre el fondo de la cuestión. Pero la postura provincial quedó expresada mediante una decisión institucional concreta.

Para Misiones, defender la tierra no es una consigna vacía. Es proteger un territorio fronterizo, sus recursos naturales, su biodiversidad y las posibilidades de desarrollo de las próximas generaciones.

También hubo avances con la incorporación de la provincia al Consejo de Control de la Vía Navegable Troncal, una instancia donde Misiones tendrá participación formal en discusiones vinculadas con el transporte fluvial y la Hidrovía.

Y se mantuvo el reclamo nacional por fondos para atender emergencias agropecuarias, en una provincia donde miles de familias dependen directamente de lo que producen en sus chacras.

Son discusiones diferentes, pero comparten un mismo principio: no resignar intereses provinciales por conveniencia política ni confundir el diálogo con la subordinación.

Passalacqua mantiene canales abiertos con la Nación, pero cuando considera que una decisión perjudica a Misiones utiliza las herramientas disponibles para reclamar, negociar o discutir.

El cuidado de los misioneros también pasa por allí.

Seguramente habrá tiempo para discutir candidaturas, alianzas, proyectos electorales y ambiciones personales. Es parte de la democracia y nadie debería sorprenderse de que diferentes dirigentes aspiren a ocupar mayores espacios de poder.

Pero no todo debe ocurrir al mismo tiempo. Ni cada diferencia necesita convertirse en una batalla.

La política puede vivir acelerada, pero no tiene derecho a obligar a la sociedad a vivir permanentemente en ese mismo estado de tensión.

En una provincia donde tantas familias hacen cuentas para llegar a fin de mes, donde los productores enfrentan dificultades y donde conseguir o conservar un empleo se ha convertido en una preocupación central, hay una responsabilidad que está por encima de cualquier interna: no aumentar innecesariamente la incertidumbre.

Passalacqua parece haber elegido preservar ese equilibrio. Escuchar a los distintos sectores, mantener abiertas las conversaciones y atender las urgencias sin precipitar una disputa electoral que poco tiene para ofrecerle hoy a la vida cotidiana de los misioneros.

No es un mérito que deba darse por definitivamente adquirido. Tendrá que sostenerlo con decisiones, resultados y la capacidad de aceptar diferencias, incluso cuando resulten incómodas.

Pero la orientación merece ser reconocida.

Porque después de tantos años de verticalismo, la posibilidad de construir una política donde otros también sean escuchados representa un cambio importante. Y porque en un contexto social difícil, evitar conflictos innecesarios también constituye una decisión de gobierno.

No se trata de que la política desaparezca de la vida de la gente. Se trata de que vuelva a ocuparse de lo que verdaderamente le importa.

Que una familia pueda pagar sus cuentas, que un chico llegue seguro a la escuela, que una persona encuentre atención médica, que un productor sostenga su chacra y que un trabajador no viva permanentemente angustiado por su futuro.

La política debería servir para hacer esas cosas un poco más fáciles, no para complicarlas.

Quizás allí esté la diferencia más profunda que Passalacqua intenta establecer: entender que ejercer el poder no consiste en tener a todos pendientes de uno, sino en estar pendiente de lo que les pasa a todos.

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