
La semana dejó demasiados hechos como para reducirla a una enumeración de anuncios. Hubo presupuesto, inversiones, reclamos a la Nación, decisiones sanitarias, política energética, defensa del territorio, asistencia al consumo y recorridas por municipios. Pero por debajo de esa agenda aparece algo más interesante: empieza a percibirse una forma diferente de ejercer el poder en Misiones.
La aprobación del Presupuesto 2027 es quizás la fotografía más nítida. El Ejecutivo no cuenta con una mayoría propia automática en la Legislatura y, sin embargo, consiguió 34 votos sobre 40 para su principal herramienta de gobierno. No ocurrió porque todos pensaran igual. Ocurrió después de más de un mes de exposiciones de funcionarios, preguntas de los bloques, diferencias, negociaciones y modificaciones al proyecto original. Se eliminaron disposiciones, se incorporaron controles y se modificaron partidas.
Ese dato político importa casi tanto como los $5,53 billones que finalmente se aprobaron.
Durante muchos años, la fortaleza política en Misiones se asoció con otra idea: tener los votos antes de empezar a discutir. La nueva etapa parece obligar a algo distinto. Hay que hablar, convencer, escuchar, ceder en algunos puntos y construir la mayoría que no viene garantizada de antemano.
No hace falta romantizarlo. Es política. Pero también es democracia.
Una suave brisa de apertura empieza a sentirse en Misiones. Todavía es apenas eso, una brisa, y sería prematuro convertirla en una transformación definitiva. Pero después de una larga etapa caracterizada por mayor verticalidad, que un Presupuesto enviado por el Ejecutivo pueda entrar de una manera y salir modificado después del diálogo con la oposición no es un detalle. El propio tratamiento legislativo incorporó cambios surgidos de planteos realizados por diferentes bloques.
La semana pasada se planteaba en este mismo espacio que Passalacqua había “abierto la tranquera”. Esta semana apareció una consecuencia concreta: cuando la política empieza a moverse con libertad, también obliga al Gobierno a construir acuerdos.
Y el Ejecutivo parece haber decidido convivir con esa lógica en lugar de combatirla.
Ese estilo también se refleja en la relación con Nación. Passalacqua no convirtió a Javier Milei en un enemigo permanente, pero tampoco aceptó que mantener canales abiertos implique resignar intereses provinciales.
El ejemplo más reciente es la tierra.
Después de que quedara vigente la derogación de la Ley 26.737, que establecía límites a la adquisición de tierras rurales por extranjeros, el gobernador firmó el Decreto 1935 e instruyó al Fiscal de Estado a iniciar acciones judiciales en defensa de los intereses territoriales de Misiones. La decisión de la Corte Suprema no resolvió la constitucionalidad de fondo del artículo 154 del DNU 70/2023: rechazó el planteo que estaba bajo análisis por cuestiones procesales, pero el efecto concreto fue dejar vigente la derogación.
Para una provincia con más del 90% de su perímetro sobre fronteras internacionales, una enorme riqueza ambiental y miles de pequeños productores vinculados directamente a la tierra, la discusión no es abstracta.
Y allí aparece una característica que empieza a repetirse: dialogar con Nación cuando hay algo que conseguir y discutir cuando hay algo que defender.
La tarifa eléctrica ofrece el reverso de esa misma estrategia.
Misiones y los gobernadores del Norte Grande venían reclamando que el sistema nacional reconociera una obviedad climática y económica: un hogar misionero no consume electricidad en las mismas condiciones que uno ubicado en una región templada, mucho menos cuando la provincia ni siquiera dispone de gas natural.
Nación finalmente confirmó que desde noviembre las zonas consideradas muy cálidas tendrán bloques subsidiados de hasta 500 kWh mensuales entre noviembre y abril y de hasta 300 kWh durante el resto del año. Todo Misiones quedó comprendido en esa clasificación.
El resultado muestra algo bastante sencillo: federalismo también es sentarse a reclamar hasta que una asimetría encuentre una respuesta.
Mientras tanto, en otros ámbitos la Provincia está haciendo exactamente lo contrario: cubrir espacios que Nación deja vacíos.
El caso de los medicamentos es probablemente el más delicado. El Presupuesto 2027 incorporó recursos provinciales para compensar la disminución de programas nacionales y, según lo expuesto durante el debate legislativo, Misiones calcula que deberá destinar entre $1.000 y $1.200 millones mensuales para sostener medicamentos que anteriormente llegaban mediante Remediar.
No hay demasiado margen para la retórica cuando detrás de esos números hay antihipertensivos, medicamentos para diabetes, antibióticos o tratamientos respiratorios. Cuando una política nacional desaparece, el problema no desaparece con ella. Simplemente cambia de ventanilla y termina golpeando en una provincia, un hospital o un CAPS.
Ahí aparece uno de los mayores desafíos para Passalacqua: administrar recursos limitados mientras aumenta la cantidad de responsabilidades que quedan sobre las provincias.
Por eso también deben leerse decisiones menos espectaculares, pero cercanas al bolsillo. Los programas Ahora fueron prorrogados hasta diciembre, con actualización de límites financiables y reintegros en catorce modalidades.
No van a resolver la caída del poder adquisitivo ni reemplazar una recuperación económica nacional. Sirven para algo más modesto: sostener consumo, comercios y financiación en un momento en que cada compra se piensa dos veces.
La misma lógica aparece del otro lado del mostrador.
Esta semana Passalacqua recorrió una metalúrgica de Posadas que incorporó tecnología, amplía instalaciones y trabaja fuera de la provincia. Allí volvió a definir una idea que merece atención: el Estado no debería ocupar el lugar del privado, sino crear condiciones para que el privado produzca.
Ese equilibrio será uno de los exámenes importantes del modelo provincial. Misiones necesita empresas que inviertan, más empleo privado y menos dependencia del empleo público. Pero para pedir inversión también hacen falta energía, crédito, infraestructura y reglas razonables.
La nueva subestación eléctrica puesta en funcionamiento en Puerto Esperanza, con una inversión provincial superior a los USD 2 millones, va en esa dirección: duplicar capacidad para sostener no solamente el crecimiento residencial, sino también una zona industrial y productiva. El dato adquiere mayor relevancia en una provincia donde el costo y la disponibilidad energética siguen siendo una desventaja estructural.
Pero hay otro elemento, menos cuantificable, que atravesó la semana.
La presencia.
Passalacqua puede destinar buena parte de una jornada a viajar hasta Bernardo de Irigoyen para participar del aniversario de la localidad, entregar títulos y permisos de ocupación, escuchar pedidos de médicos o acompañar un reclamo por mayor presencia de la Justicia Federal. Días antes estuvo en Eldorado. En Puerto Esperanza apareció junto a una obra eléctrica. En Posadas, dentro de una fábrica. Y en Oberá, sobre una calle de barrio.
En Villa Blanquita recorrió el tramo de la calle Islas Malvinas donde el empedrado le deja lugar al asfalto, el que conecta con el SUM y el CAPS de la zona. No es una obra que mueva la estadística provincial. Sí cambia la manera en que un vecino llega al centro de salud. El tramo forma parte del plan Oberá Integrada, que empuja el intendente Pablo Hassan y contempla intervenir más de 500 cuadras en distintos sectores de la ciudad.
Puede parecer una cuestión de agenda. No necesariamente lo es.
Estar en Bernardo de Irigoyen, en un pueblo pequeño o en un barrio de la capital significa transmitir que la distancia respecto de la Casa de Gobierno no determina la importancia de una comunidad. Passalacqua parece haber recuperado una herramienta política bastante elemental que las redes sociales fueron desplazando: mirar, escuchar, saludar, caminar y abrazar.
La cercanía no sustituye una obra, un salario o un medicamento. Tampoco resuelve por sí sola la crisis yerbatera, la pérdida de empleos o los problemas de infraestructura.
Pero gobernar tampoco consiste únicamente en administrar expedientes.
En tiempos donde buena parte de la política pretende construir vínculos mediante videos, algoritmos y peleas permanentes, volver al contacto directo tiene un significado.
Quizás por eso las distintas decisiones de esta semana terminan formando una misma escena.
Un Presupuesto aprobado construyendo una mayoría que no existía de antemano. Un reclamo a Nación que terminó en una tarifa energética diferencial. Una disputa judicial cuando el Gobierno nacional tomó una decisión considerada perjudicial para el territorio provincial. Recursos propios para cubrir medicamentos que dejan de llegar. Programas para sostener el consumo. Infraestructura para la producción. Y un gobernador recorriendo pueblos donde muchas veces la presencia de la máxima autoridad provincial constituye, por sí misma, un mensaje.
No hay épica que declarar ni modelo terminado que celebrar. Hay problemas demasiado serios para eso.
Pero algo empieza a diferenciar esta etapa de la anterior.
Menos órdenes verticales y más negociación. Menos necesidad de controlar cada movimiento y mayor disposición a aceptar que otros también tienen algo para decir. Firmeza cuando están en juego intereses provinciales y diálogo cuando existe una solución posible.
La semana del Presupuesto dejó una señal especialmente clara: Passalacqua no tenía los votos propios para imponerlo.
Tuvo que construirlos.
Y quizás allí esté una de las novedades políticas más importantes de este tiempo: cuando nadie tiene toda la fuerza, gobernar bien empieza por aprender a escuchar al otro.