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África corre peligro de fragmentarse

En cinco o diez millones de años podría surgir un océano que partiría el continente, atravesando Etiopía. En Afar ya apareció una inquietante grieta.

Curiosidades 26 de agosto de 2020
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Kenneth Craig Macdonald se jubiló en 2007 luego de una prolífica carrera internacional en el campo de la oceanografía y de años de docencia. “Ya no enseño”, dice su página web para que nadie le consulte por los horarios de los cursos ni lo invite a las reuniones del departamento. Pero, hace unos pocos días, el nombre de este profesor emérito de la Universidad de Santa Bárbara, California, volvió a los diarios a raíz de la noticia que anunciaba que África se fragmentaría, ya no como consecuencia de la colonización y la descolonización, sino por un océano que emergería en la región de Afar, creando dos subcontinentes según los contornos de una fisura surgida en Etiopía en 2005.

La urgencia, en realidad, no era tanta. De suceder, ocurrirá en unos 5 ó 10 millones de años cuando, probablemente, ya nadie estará allí. Sin embargo, muchos llamaron por teléfono a Macdonald para buscar la primicia y la opinión de una autoridad en la tectónica marina desde su participación en el Proyecto RISE (Experimentos Sumergibles Rivera) que, en 1979, cartografió la expansión del fondo marino en la dorsal medio oceánica del Pacífico Oriental a 21° de latitud norte. En ese entonces, gracias a un sumergible de aguas profundas se relevó actividad hidrotermal a 2600 metros, descubriéndose una serie de respiraderos que emitían partículas minerales oscuras a temperaturas extremadamente altas.

De la costa y los fondos marinos de California a la fisura del suelo etíope, la tierra es una sola y no se detiene, en parte gracias al empeño de los geofísicos como Macdonald. un ingeniero hijo de la década de 1960 y de los primeros pasos de una nueva teoría conocida con el nombre de tectónica global o tectónica de placas. Resultado del trabajo de varios grupos internacionales de investigación, la tectónica sostiene que la litosfera –la capa externa más rígida de la Tierra de unos 150 kilómetros de espesor– está dividida en varias placas gigantes, de tamaño y forma diversa, montadas sobre una zona plástica, que se encuentra por debajo y que constituye la parte superior y débil del manto terrestre llamada astenosfera.

Las placas se mueven independientemente: aquellas que forman el suelo oceánico crecen, a través de la inyección constante de lava, desde el eje constituido por las dorsales submarinas. La totalidad del suelo oceánico se recicla aproximadamente cada cien millones de años, moviéndose desde los ejes de expansión hacia las fosas o bordes de subducción, donde la litosfera oceánica se consume al ser introducida dentro del manto terrestre. Los continentes son, en realidad, “pasajeros” de las placas cuyo motor –uno de los puntos más conflictivos en la aceptación de la teoría– residiría en las corrientes de convección térmica dentro del manto terrestre: ascendentes en las dorsales oceánicas (zonas de extensión) y descendentes en las de colisión (zonas de subducción).

La tectónica de placas cambió la interpretación de los rasgos superficiales de la Tierra dependientes de los procesos internos del planeta, como las cordilleras, las fosas oceánicas, las zonas de terremotos y los cinturones de actividad ígnea, volcánica e intrusiva. Su aceptación a inicios de la década de 1970 hoy se considera como uno de los acontecimientos más importantes de las ciencias del siglo XX , del que todavía somos subsidiarios como se ve en el caso etíope. Para muchos –aunque ya hoy sea parte de lo que no vemos– fue equivalente a haber experimentado en vida una revolución análoga a la copernicana. Contemporánea a la popularización de la idea de revolución científica de Thomas Kuhn, los geólogos y geofísicos empezaron a verse a sí mismos como protagonistas de una auténtica revolución científica.

Las ciencias de la Tierra de hecho no volverían a ser las mismas: para observar un planeta dinámico y resolver los nuevos problemas ahora había que recurrir a técnicas “no geológicas”. El desarrollo de instrumentos para datar, medir y registrar episodios y fenómenos remotos o imposibles de observa permitió estudiar a la Tierra como un objeto de laboratorio. Más aún, las imágenes de las profundidades oceánicas y terrestres fueron creadas mediante técnicas de investigación remota.

Llegados a este punto, la novedad de la noticia de hace unas semanas no residía en el futuro fragmentado de África sino en las posibilidades de las capturas satelitales de esta fisura continental transformándose en una oceáno. Sería una oportunidad para observar desde el espacio y en la tierra (no tan) firme un centro de propagación magmática análogo a los de las dorsales oceánicas.

Una tesis en la Universidad de Leeds cuestiona los modelos térmicos desarrollados para las dorsales oceánicas medias que sugieren que la profundidad de las cámaras de magma está controlada por la velocidad de su propagación y las tasas de suministro. En estos, las cámaras de magma aisladas y situadas debajo de los volcanes se encuentran en las dorsales de expansión lenta como la del Atlántico medio, y las cámaras de magma axiales, alargadas y poco profundas, se sitúan en las dorsales de expansión rápida como la del Pacífico Oriental.

Sin embargo, las observaciones en Afar hablarían de un sistema magmático axial poco profundo de larga vida bajo el segmento magmático de propagación lenta.

Imposible decir “veremos”. No por escepticismo sino porque las “nuevas observaciones” provienen del archivo satelital de los interferómetros del programa espacial europeo de los últimos veinte años, en particular del Sentinel-1 InSAR. cuyas señales contienen información sobre la fuerza de la respuesta del radar y la fracción de un ciclo completo de onda sinusoidal. La fase de la imagen del SAR está determinada principalmente por la distancia entre la antena del satélite y los blancos terrestres. El SAR interferométrico (InSAR) explota la diferencia de fase entre dos observaciones complejas por radar de la misma zona, tomadas desde posiciones de sensores ligeramente diferentes. Combinando la fase de estas dos imágenes, se puede generar un interferograma donde la fase se correlaciona con la topografía del terreno permitiendo cartografiar los patrones de deformación.

La observación remota colabora así en la manipulación de objetos sumamente pequeños y de otros mucho más grandes que el observador: la escala, en la geología, varía desde lo submicroscópico a lo planetario, desde la estructura de los cristales hasta la de la Tierra.

Una matriz geológica implica pensar períodos inmensos de tiempo, unidades enormes de materia y la interacción de variables complejas. Se trata de fenómenos que no pueden transferirse al marco de las “percepciones reales” de los sentidos y tampoco comprobarse por la experiencia directa.

El tiempo geológico, esa enorme dimensión del pasado y del futuro, es la contribución más importante de la geología al pensamiento, equiparable a la relación entre materia y energía de la física y a la verificación de la vastedad del espacio. La geología se diferencia de otras ciencias naturales por su interés en el tiempo y en los procesos inobservables en el laboratorio o en el campo. La mayoría actúa en un tiempo geológico inconcebiblemente largo: la edad de la Tierra ha quedado establecida en unos 4500 millones de años y los efectos de estos procesos durante extensos períodos han servido para explicar casi todas las sucesivas transformaciones del paisaje de que la Tierra ha sido testigo. Cuando el mar era tierra y la tierra, mar. El futuro, sobra decirlo, no nos pertenece.

Irina Podgorny y el equipo del Archivo histórico del Museo de La Plata son los editores del Diccionario Histórico de las Ciencias de la Tierra en la Argentina (editorial Prohistoria, 2016)

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