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La historia de Jairo, el indígena que protege a los monos huérfanos por la cacería en la selva amazónica.

Jhon Jairo, líder indígena de la comunidad Mocagua, dedica su vida a la conservación de especies de monos en peligro de extinción que viven en el Amazonas colombiano. Cuando los animales son alcanzados por las balas de los cazadores, Jairo entra en escena para cuidar a sus crías. Por su labor lo llaman el padre de los monos huérfanos por la cacería.

Mundo 14 de diciembre de 2020 Redaccion Multimedios Genesis Redaccion Multimedios Genesis
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Jairo se mueve por entre la selva con un morral que lo hace ver como una mamá canguro. Dentro va Maruja, una hembra Lagothrix lagotricha o mono churuco que, según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, está en situación “vulnerable”, el paso previo a su clasificación como especie en peligro de extinción. Maruja tiene tres meses y hace dos que no se despega de Jhon Jairo.

“Una familia indígena se había comido a la mamá”, cuenta Jairo, este vicecuraca (autoridad) de la aldea Mocagua, que tiene solo 777 habitantes. Él es el alma de Maikuchiga, un refugio de madera rodeado de verde que ayudó a crear hace 14 años para “rehabilitar” y reintroducir al bosque a los monos huérfanos que reciben.

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La historia de crueldad suele comenzar cuando indígenas cazadores dirigen sus escopetas calibre 16 hacia árboles de 25 metros de altura. “La mamá no va a entregar a su bebé, tienen que cazarla y al instante la cría cae pegada a la mamá. Algunos perdigones, plomos, alcanzan a fracturar o matar (al hijo)”, explica Jairo. 

 

La carne de ella irá a parar a algún fogón, en tanto que los pequeños que sobreviven a la caza son vendidos como mascotas cuando no exhibidos a los turistas en las comunidades de la triple frontera. O con fortuna serán recuperados por Corpoamazonía, la entidad oficial que sirve de enlace con Maikuchiga.

Según Luis Fernando Cuevas, directivo de la entidad, desde 2018 recibieron 22 primates. Se habla de “entregas voluntarias” porque quienes las hacen, al advertir la presencia de oficiales, alegan que se encontraron casualmente a los animales para eludir investigaciones sobre eventual tráfico o tenencia ilícita, explica.

La doble rehabilitación que lleva adelante Jairo 
Desde 2006, Jhon Jairo se lanzó a la “dura” tarea de convencer a los suyos del daño de la “cacería excesiva”, que no solo satisface apetitos y rituales, sino, sobre todo, al mercado ilegal de fauna silvestre. 

Renuentes al principio, los tikunas probaron el ecoturismo -frenado por la pandemia- y les gustó. Hoy son cazadores “rehabilitados”, convertidos en guías ambientales que “protegen su fauna para el futuro”, se enorgullece su líder. 

Pero a Maikuchiga siguieron llegando huérfanos peludos y maltrechos de otros puntos del Amazonas. En estos años ya “van unos 800 monos rehabilitados”, calcula Jhon Jairo, quien actualmente se ocupa de Maruja y cinco primates más.

Helena y Abril, de la misma especie de la pequeña; Papinanci, un mono nocturno (Aotus), y Mochis y su hijo Po, de la familia de los ardilla (Saimiri sciureus). “Aquí es el lugar donde se les está dando una nueva oportunidad de vida, la de volver a ser micos”, afirma el vicecuraca.

Pero Maikuchiga se sostiene del turismo y a menos visitantes, menos recursos para los monos.

La estadía de los monos en Maikuchiga 
Apenas amanece, Jhon Jairo se interna en el bosque con Maruja dentro de su morral. Va lanzando chillidos para atraer a los demás monos que cuida. En el segundo piso del albergue, prepara el desayuno para ellos: agua caliente con avena, leche en polvo y vitamina.

Helena, curiosa, se descuelga por los exteriores de la casa de madera. Solo Papinanci está encerrada en un cuarto pequeño con malla exterior.

“Si llega dañado sicológicamente su cuarentena va a ser larga. No pueden ver a un niño, a un hombre, porque lo identifican con el daño. Tiemblan”, explica.

Cuando “ganen confianza”, saldrán de la mano de Jhon Jairo o alguno de sus tres colaboradores. De a poco, los monos reconocerán árboles y se moverán en manada, experiencias que debían transmitirles sus madres. 

“Hay otra cosa que deben aprender”, enfatiza Jhon Jairo. Y son los “sonidos de los peligros”: de la selva y sus predadores. O a conocer que es “dormir fuera en un aguacero”, añade. 

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Su “rehabilitación”, sin un tiempo definido, solo termina cuando abandonan Mocagua y sus 4.025 hectáreas de protección.

“Nos damos cuenta de que están rehabilitadas cuando desaparecen”. Jhon Jairo recuerda que lloró con las primeras ausencias. Todavía se estremece, pero se consuela cuando de otras partes le llegan noticias de manadas que se formaron con los huérfanos de Maikuchiga.

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